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Agustín de la Herrán lleva realizando desde 1945 una obra escultórica de una riqueza extraordinaria,
tanto en calidad como en cantidad. Obra que abarca desde los más impresionantes monumentos
como el dedicado a la Inmaculada en Quito, hasta la perfección en el detalle de las pequeñas
medallas conmemorativas, pasando por los magníficos y numerosos retratos.
Se ha dedicado intensamente, considerando el arte como una verdadera profesión,
siendo un escultor que sabe el oficio y poniendo sus amplios conocimientos al servicio de
las necesidades escultóricas.
La obra de Agustín es una búsqueda de nuevos valores, basándose siempre en la tradición,
evolucionando hacia un expresionismo simbólico que trasciende la realidad. Toda su obra se haya
impregnada de una simbología, cada parte de sus esculturas, cada resquicio tiene un sentido concreto,
un porqué determinado. El mismo autor declara buscar dentro de las líneas una escultura
simbólica que utiliza como fundamento el valor de la espiritualidad humana, la figura del hombre,
sus gestos y actitudes y la representación de ideas modernas. Asimismo, en todas sus obras se adivina
una profunda inquietud religiosa.
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